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domingo, 4 de mayo de 2014

CONSIDERACIÓN SOBRE LA ESTÉTICA DE KANT

 Les presento una lúcida y original reflexión de Ana Fernanda González Loreto, alumna de 6º Semestre de Bachillerato, sobre algunos aspectos de la estética de Kant:

Sublime Dinámico







Es muy popular el dicho “sobre gustos no hay nada escrito”.  Aunque se dan coincidencias esporádicamente en materia de gustos, cada individuo posee sus juicios de gusto personales,  que para cualquier otro podrían resultar absurdos o irracionales. 

Es difícil, por no utilizar el desalentador “imposible”, establecer reglas o verdades universales en lo que a la belleza se refiere. Generalmente se llega a una regla a través de la razón, la cual resulta difícil inmiscuir en cuestiones de gusto, ya que en este terreno se apela, generalmente, al sentimiento, el cual es por sí solo, subjetivo y libre. 

Por eso resulta tan complicado cuando se da una contradicción entre dos personas en materia de gusto, pues ambas partes argumentan subjetivamente, difícilmente expresando ideas universales que puedan entender ambas partes, cayendo más bien en intentos de imponer la percepción personal a la contraparte.

Existen tantos conceptos de lo bello como individuos. Para algunos, la belleza se encuentra en la armonía, para otros en la disonancia, lo grotesco, lo delicado, y bajo innumerables conceptos más.

Viéndolo así, resulta poco útil discutir al respecto, y sin embargo, toda una disciplina filosófica, la estética, se dedica a ello. Existen, a pesar de tantas digresiones al respecto, algunos enunciados que parecen ser irrebatibles, como la existencia de la belleza, y los efectos que tiene.

Todos hemos experimentado la belleza en algún punto de nuestras vidas. Bajo la forma de una persona, en la natuiraleza o en una obra de arte, nos hemos topado con elementos que apreciamos positivamente. Puede incluso, que hayamos encontrado algunos que nos impresionan profundamente y nos hacen sentirnos rebasados.

Para Kant, la consecuencia de exponerse a la belleza es la sublimación del individuo. El esplendor del que nuestro juicio dota a lo que nos parece bello, lo magnifica hasta el extremo. Cuando esto sucede uno se siente inmensamente pequeño, sobrepasado e impotente ante tal magnificencia, y, en simultánea antítesis, tan extenso y profundo como bello es el elemento. La sublimación ante la belleza resulta completamente irracional, y sin embargo, verdadera y universal

En tanto a la sublimación del individuo pienso que sucede cuando éste encuentra una resonancia con algún elemento. Cuando encuentra la belleza y se siente sublimado, ello se debe a que se ha visto reflejado, que ha percibido una parte de sí mismo en lo que haya provocado esta reacción. Por eso, al intentar justificar una preferencia es tan común utilizar la expresión “me identifico”.

Aunque existen discrepancias siempre, hay sectores del acervo cultural humano que tienden a los juicios de gusto positivos. Quienes los produjeron dejaron parte de sí en ellos, y en ello reside su aceptación mayoritaria, en el hecho de que resuenan y nos enfrentan con nuestra humanidad, lo que para Kant es una de las características de la sublimación.

El ego es inherente al ser humano, y desencadena muchas de sus acciones o preferencias, en este caso. Nos encontramos con obras de arte que parecen compuestas a la medida de nuestra situación, opinión o personalidad. Generalmente estas obras obtienen una valoración positiva de nuestra parte, pues esa concordancia con nosotros mismos las vuelve bellas. La apreciación estética acompañada de la sensación de sublimación es una extrapolación del ego, y por ello, al mirarnos y juzgarnos desde nuestro reflejo, nos sentimos rebasados e impotentes.

La influencia del ego en el tema del gusto explica también por qué el mismo es individual. Al buscar la belleza, cada individuo se busca a sí mismo, y los resultados de dicha búsqueda, por lo tanto, jamás serán iguales. La aceptación colectiva de cierto tipo de belleza, por otro lado, refleja la esencia que une a un grupo de personas.

Por otro lado, la generalidad prevaleciente sobre la sublimación, en tanto que sucede, me parece prueba de la existencia de la belleza. A pesar de ser tan distinta para cada individuo, existe como concepto general e ideal.

Otro indicador de la existencia de la belleza es la constante búsqueda que emprendemos en su pos. De una u otra manera, y conscientes de lo innecesaria que es, buscamos la belleza constantemente, esperando encontrarla, rodearnos de ella, a veces, crearla.

Lo más interesante de la misma, es cuando provoca coincidencias. Cuando alguien crea belleza, y un tercero la percibe como tal. Y entonces, al resonar con la belleza y al reflejarse en ella, se encuentra de frente con otro ser humano, y se ve a sí mismo en él. Y la misma belleza nos permite vislumbrar la esencia que nos une.




Ana Fernanda González Loreto, 
alumna de 6º Semestre de Bachillerato

domingo, 20 de octubre de 2013

LA BELLEZA (Una reflexión inspirada en los poetas líricos de la Grecia Antigua)




La belleza no sólo se ve. Debe ser perceptible para todos los sentidos, incluso aquellos que no conocemos. Trasciende a lo intelectual, moral y espiritual. Puede estar presente en todo de lo que estamos hechos. Es como si la palabra ‘bello’ dejara de ser adjetivo para volverse una sensación. Cada persona percibe la belleza de una forma diferente y la encuentra en cosas diferentes.

Bello es aquello que llene, que satisfaga, que excite, exalte y extasíe –si es esto de lo que la persona gusta-. Lo bello no tiene ‘pero’. Es bello de principio a fin, sin excusas ni excepciones. Esto es posible porque la belleza está lejana a la perfección. La belleza es la vida misma, llena de polos opuestos y desequilibrios temporales. Al natural.

La naturaleza es la belleza en su estado más puro, a tal grado, que nos es imposible terminar de comprenderla.  El hombre que tiene belleza vive en busca del bien; por ende, posee salud y sabiduría. En mi opinión, la belleza en el hombre también es la plenitud. No todo lo que nos satisface nos hace sanos y sabios. Muchas veces es exactamente al revés, pero la sabiduría está en encontrar el equilibrio. Soy de la idea de que para tener, la mayoría de las veces tenemos que perder algo. Poco o mucho, o al menos intercambiar. Renovar. Evitamos las pérdidas a toda costa porque creemos que son fracasos. Perder es fácil y cómodo, no debe sufrirse. Está en nuestra manos lo que dejamos ir, a diferencia de lo que llega.  Y el no aferrarse es parte de esa tan aclamada ‘sabiduría’. Sabiduría obtenida empíricamente, viviendo.

La conceptualización de la belleza en el arte surge a la par con las ideas de los poetas líricos. Se relaciona a la belleza física. Pero, regresando al inicio, el arte tampoco es meramente visual. El arte se escucha, se ve, se siente, se percibe. Y hay infinidad de perspectivas. La idea es que mueva o conmueva. Así encuentro yo la belleza en el arte. Tiene que venir cargado de algo, mientras más, mejor. No importa de qué. Todo excepto indiferencia, vacío. Los seres humanos somos mucho como para andar expresando a medias. Sentimos suficiente. Importa cómo me mueve, o hacia dónde, pero mientras lo logre aunque sea un poquito, me doy por bien servida. Todo sirve, tiene utilidad de alguna manera, otra característica que se buscaba en lo bello. Lo que es útil, es lo que lleva al crecimiento. En mi opinión, todo lo es. Porque todo alimenta, si así se quiere. El movimiento sigue. La evolución es progresiva y no se detiene, o si la hace, al menos no llega a involucionar. Es como el tiempo. Imposible detenerlo, imposible regresar. A todo se le puede sacar alguna utilidad, se le puede sacar jugo. También, depende de quién y cómo.

La belleza no existe sin un punto de comparación. El juicio se crea y se hace personal. También la belleza toma tiempo, la belleza exquisita y entera necesita cierto tiempo de existencia y experiencia, necesita formarse antes, añejarse poquito. Aunque para los poetas líricos, la belleza estaba en la juventud. Es un poco irónico, porque dos condiciones eran la salud y la sabiduría. La juventud va desgastando la salud y llenándose de sabiduría. No encontraremos absolutos, pero estamos cerca. Dándonos empujoncitos unos a otros.


Mónica Aguilar Ávila
5ºA Específico de Danza
CEDART Ignacio Mariano de Las Casas
Querétaro
Octubre de 2013

domingo, 23 de octubre de 2011

HESÍODO







Estética anterior a Platón: Hesíodo, poeta mitológico

La mujer, kalón kakón, un mal hermoso.

Hesíodo toma como principal a la mujer y habla del físico, de los rasgos y la figura, la belleza física femenina que es atractiva y agradable a la vista, ésta la relaciona con el mar, con la línea ondulante. 

Me parece interesante la postura de Hesíodo, relacionar la belleza femenina con el mar. Para mí, el mar está vivo, es fuerte, se contempla su grandeza y lo pequeños que somos comparado con él, lo que me llama la atención es la parte en la que interviene la mujer según este poeta.

El que los dos sean instantáneamente reconocibles como algo bello no es lo que ha despertado mi interés, sino que la postura de Hesíodo me dice que para él, la mujer, cualquiera que fuera, era bella ante él. Se especifica que se refería al físico y es por eso que me ha interesado la visión de Hesíodo, ya que actualmente, considero, que se ha perdido la idea del poeta, que la mujer es bella por el simple hecho de ser mujer, lo que también me dice que en la época del poeta, la mujer era más valorada, respetada, o por lo menos él sí lo hacía y más que respetarla, me refiero a que era más tomada en cuenta.
Considero también, que la mujer es bella, simplemente por ser mujer ya que para mí, la figura femenina es la fuente de la vida, las creadoras de este mundo son las mujeres, en este punto relacionaría yo a la mujer con el mar según mi postura de fuerza.

Bellas por ser ellas mismas, por sus líneas curvas a las que hace referencia Hesíodo, las que me dan la imagen de rasgos finos como la nariz, o bien, un cuerpo con bonita figura. 

Considerando la relación de la línea curva, me atrevo a decir que el concepto de actualmente se maneja como belleza femenina, es muy parecido ya que hoy en día, lo físico es primordial para gran parte de la sociedad. La mayoría de las mujeres se preocupan por “quedar bien” ante los ojos ajenos, exagerando su cuerpo con cirugías, encontrando relación con Hesíodo, las curvas siguen presentes, pero, creo que esa parte de la mujer es bella pero es un mal hermoso, se ha perdido ya que actualmente se señala entre lo que nos parece feo y bonito, no creo que pensar que la belleza es inmediata se pueda considerar ya que nos adentraríamos a otra manera de pensar en la que interviene el gusto

¿Por qué elegí a Hesíodo? Porque me pareció interesante que le diera un espacio importante en su pensamiento, que la belleza para él fuera pensar en una mujer me parece asombroso, bello, como él lo consideraba. 

Me gusta que no se preocupó por buscar un fin en especial para que algo sea bello, sino que simplemente lo es y creo que esa es una buena postura, ver algo y clasificarlo como bello es algo que forma parte de nuestra vida cotidiana así que por qué no decir que la mujer es bella por el simple hecho de ser mujer.

Mariana Rodríguez Martínez
5º semestre
Estética
Septiembre de 2011








Hesíodo


¿Quien fue Hesíodo?

Fue un poeta de la Antigua Grecia. Su datación en torno al año 700 a.C. es discutida.

Nació en Ascra, cerca de Tebas hacia la segunda mitad del siglo VIII a. C. o la primera del siglo VII a. C. Fue campesino e hijo de un comerciante. La tradición lo sitúa como contemporáneo de Homero e incluso rival suyo en certámenes poéticos.

Suele considerarse el más antiguo de los poetas helenos después de Homero y, durante buena parte del siglo XIX, la crítica llegó a dudar de su auténtica existencia, aunque ésta parece fuera de toda duda en la actualidad. La familia de Hesíodo estableció su residencia en Beocia, procedente de Cime de Eolia, lugar de origen de su padre. Poco se sabe de su vida; parece que fue fundamental en ella la enemistad con su hermano Perses a causa de la herencia paterna, y este tema abordó en su obra Trabajos y días. Muerto su padre, Hesíodo se estableció en Naupacto, donde pasó su juventud al cuidado de un rebaño de ovejas y llevando la vida plácida y sencilla de los campesinos griegos. Los actuales especialistas sitúan como contemporáneo de Homero a Hesíodo, mas su poesía, muy alejada del estilo épico y grandioso de la de aquél, está destinada a instruir más que a exaltar. Se sabe también que en Calcis (Eubea) participó en un concurso de aedos y obtuvo la victoria. Murió al parecer en Ascra y sus cenizas se conservaron en Orcómeno, donde se le rindieron honores como a un fundador de la ciudad.

Muchas de las obras que durante la Antigüedad se le atribuían, como los poemas sobre arte adivinatorio La ornitomancia, Los versos mánticos y Las explicaciones de los prodigios, no son realmente suyas. Lo que parece probado con seguridad es que fue el autor de los Trabajos y días, de la Teogonía, que explica el origen del universo y la genealogía de los dioses, y de los cincuenta y cuatro primeros versos del El escudo de Heracles. Junto con las de Homero, las obras de Hesíodo se convertirían en parte del corpus fundacional de la cultura griega, gracias a su labor de sistematización del conjunto de mitos heredados y al inicio de su interpretación en un sentido moral y práctico. La cultura griega se caracterizaría en todo momento por la compleja relación que mantendría con el conjunto de concepciones mitológicas y religiosas de sus propias tradiciones, tanto para rechazarlas como para reverenciarlas, aunque siempre extraería de allí sus más fecundas intuiciones


¿Porque Hesíodo?

Primero que nada me llama la atención su tema principal, que es LA BELLEZA, y la manera en que la manejo.  Como que no tenía nada que ver con el bien ni la utilidad, la belleza no tiene un fin, más que ella misma, es algo inmediato, como observar una flor, no hay que hacer nada, ni esperar nada para poder contemplar su belleza.

También la controversia que hay sobre él, desde su época, su pasado y su historia, lo que se sabe de Hesíodo, se sabe porque él lo menciono en sus historias y punto, se habla de una contemporaneidad con Homero, y aun así, su escritura es diferente a la del mismo.

Al leer sobre la belleza como la veía Hesíodo, y como la plasmaba, me es inevitable buscar  en la actualidad cosas similares, lo que me recuerda la última película que tuve el gusto de ir a ver al cine. “Copia Fiel”[1]. Que habla del arte, y las imitaciones y clones del mismo, pero no de una manera despectiva, sino, más bien, resaltando la belleza de los 2 últimos, porque a final de cuentas  ¿Dónde está la belleza original sino en el mundo mismo? El arte, como la Mona Lisa, por ejemplo, no es más que una copia de la belleza externa, como la belleza de la Gioconda, como la belleza de una mujer desnuda recostada en telas en algún cuadro.

Hoy en día la belleza es algo altamente costeado e inalcanzable, pero… ¿Realmente es belleza?

Hesiodo resalta la belleza como mera apariencia, como algo superficial, y así se vio hasta la “aparición” de poetas liricos como Safo o Píndaro, quienes hablan de la belleza como algo moral, belleza en el alma y algo que se vuelve personal y privado.

En la película, este “encuentro” entre belleza meramente física, y algo más sentimental se da entre los 2 personajes principales con los que se desarrolla toda la historia, mientras la mujer (de la que no se sabe nunca su nombre) busca en todo, aquel sentimiento oculto, romántico y pasional en cada obra, James Miller (El escritor del libro “Copia Fiel”) no ve más que la belleza externa, sin embargo no busca ver nada mas, pues es su percepción del arte y básicamente, su método de vida. “las cosas son así, porque así son y punto”. Mientras veía la película no pude evitar imaginar una especie de caricatura en mi cabeza viendo a Hesiodo y a otro poeta contemporáneo a él, peleando como los personajes. Aunque sus “batallas” tal vez nunca se presentaron realmente, imagino que la controversia entre ambos temas, ahora es algo similar. A pesar de que lo que imagine fue algo ridículamente gracioso, me hizo meditar, volver a mi computadora y escribir al respecto en el ensayo.
La belleza, la vea quien la vea, la vea como la vea, es subjetiva. Al igual que el arte, pues para la concepción de algunos algo, o alguien puede ser sumamente hermoso, como persona o físicamente, mientras que para la de otros, podría no serlo. “En gustos no hay discusión”

Paulina Medal Mille
5º semestre
Estética
Septiembre de 2011



[1] Copia certificada, Copie conforme; Abbas Kiarostami
Francia, Italia,  2O1O

domingo, 18 de septiembre de 2011

DIPLOMADO “LAS PASIONES DEL ALMA” EN EL COLEGIO UNIVERSITARIO DE HUMANIDADES



“Si no hubiese más que la razón sin pasiones…
Si no hubiese más que pasiones sin razón…
Pero habiendo lo uno y lo otro, no se puede estar sin guerra, porque no se puede tener la paz con lo uno sin guerra con lo otro: así, el hombre está siempre dividido y es contrario de sí mismo.”
Pascal

La tradición filosófica no sólo es plural sino rica en rutas para internarse en ella. Este diplomado propone seguir, como hilo de Ariadna, el asunto de las pasiones, de su problemática relación con la vida cotidiana pues ¿quién de nosotros no ha sido alguna vez arrebatado por el amor, el deseo, el miedo, el odio o cualesquiera otras de las pasiones? La filosofía no es ajena a ellas, las ha tomado como objeto de estudio, las ha descubierto agazapadas detrás de sus más racionales elaboraciones y se ha preguntado por el lugar que siguen tomando en la existencia de cada uno.

Erradicar las pasiones, controlarlas, darles rienda suelta o sin más bien entregarse a ellas no son sólo cuestiones con que se topa cada uno en medio de su circunstancia, sino también imperativos teóricos asociados a modelos éticos y estéticos en los que lo real se nos muestra y desde los que lo enjuiciamos. El imperativo de buscar la verdad, de ir a las cosas mismas o de vivir como tiene sentido hacerlo, no son ajenos a las pasiones. En éste sentido, en cada corriente filosófica, en cada época o visión de mundo, podemos vislumbrar posiciones respecto a las pasiones.

De esta manera, lo filosófico de éste diplomado se juega entre dos polos: uno, aproximar pedagógicamente a los participantes a los referentes clásicos de ética y estética; y otro, proponerles, en un espacio de libertad, curiosidad y deleite intelectual, una lectura a propósito de un conjunto arbitrario, pero significativo, de pasiones.

DIRIGIDO A
Personas interesadas en internarse en un conjunto de propuestas filosóficas entorno a las pasiones, con el fin de deleitarse y ampliar sus horizontes de comprensión a la par de apropiarse referentes de la tradición filosófica en los ámbitos ético y estético.

HORARIOS Y FECHAS DE LAS SESIONES
En el Colegio Universitario de Humanidades de las 9:30 a las 14:00 horas, los sábados: Septiembre: 24 / Octubre: 1, 8, 15, 22, 29 / Noviembre: 5, 12 y 26 Diciembre: 3, 10, 17 / Enero: 7, 14, 21, 28 / Febrero: 4, 11, 18, 25 / Marzo: 3, 10, 17, 24 y 31 Abril: 21 y 28 / Mayo: 12,19 y 26 / Junio: 2, 9, 16, 23 y 30 / Julio: 7 y 14.


EXPOSITORES MAGISTRALES
Mtra. Concepción Alcocer Montes, Universidad Autónoma de Querétaro, Instituto Regina Mundi Pontificia Universidad Gregoriana It.
Dr. Juan Carlos Moreno Romo, Universidad Autónoma de Querétaro, Universidad de Estrasburgo Fr.
Dr. Sigifredo Esquivel Marín, Universidad Autónoma de Zacatecas
Mtro. Mauricio Morales, Universidad de Guadalajara
Mtro. Eduardo Villegas, Universidad Nacional Autónoma e de México
Lic. María del Refugio Yee Talamantes, Universidad Autónoma de Querétaro
Lic. Juan Ignacio Alvarado Castellanos, Universidad Autónoma de Querétaro


IMPARTIDO POR
Lic. María Eugenia Herrera Azoños y Lic. José María Guadalupe Cabrera Hernández


INFORMES E INSCRIPCIONES
Colegio Universitario de Humanidades
Av. Constituyentes No. 35 Pte. Col. Cimatario, C.P. 76030, Santiago de Querétaro, Qro. Teléfonos (442) 2 12 33 69 y 2 14 33 73, informes@cudh.edu.mx

viernes, 8 de julio de 2011

NO LO ENTIENDAS, DISFRÚTALO


Las primeras veces que me enfrenté a obras de pintores contemporáneos en diversos museos de la Ciudad de México, tuve el impulso de buscarle significado a cada elemento que veía. El problema era que muchos de ellos podían significar una infinidad de cosas… o quizá no tenían significado alguno. Al no entender las obras, me quedé con un extraño sentimiento de incertidumbre.

Ahora me enfrento a las preguntas de compañeros que visitan el salón de artes plásticas y ven los cuadros en los que trabajamos. Después de dar su opinión, siempre preguntan qué quise decir y ahí viene el conflicto. Ciertamente, hablando de ese cuadro en particular, cuando empecé el boceto no fue porque tuviera un mensaje que quisiera esconder tras formas y colores. Así que cuando me preguntan qué significa, respondo con otra pregunta: ¿A ti qué te dice? ¿En qué te hace pensar? Porque siendo sincera, lo que ilustro no es más que una imagen que de pronto surgió en mi cabeza; si tiene algún significado, debe estar oculto en los recovecos de mi subconsciente, porque ni yo lo conozco.

El punto es que después de varias experiencias así y sobretodo después de saber que la estética ha cambiado, así como el sentido del arte, su misión y propósito, me doy cuenta de que estamos llenos de atavismos en cuanto al arte. Cuando vemos una pintura esperamos encontrar símbolos ocultos o mensajes sutiles o imágenes misteriosas que sugieren una historia increíble, cosa válida en otras épocas del arte, en las cuales la situación social dio pie a muchas formas de expresión artística que tenían diversos objetivos: rendir culto religioso a través de códigos o enviar mensajes políticos y sociales, denunciar algo. Pero los tiempos cambian, la historia cambia, la sociedad cambia y el arte lo hace a la par.

Así que ahora nos encontramos con obras de artistas que pertenecen a nuestra época, pero las juzgamos y criticamos en base a parámetros y cánones que pertenecen a otras épocas y, por lo tanto, a otras estéticas. No significa que todas las obras que veamos tienen que ser vistas desde una perspectiva específica, pero parte de limitar esta perspectiva es querer darle un significado a algo que no lo tiene, o querer delimitar el mensaje de una obra cuando se supone que el arte se presta para ser interpretado libremente y ofrecer un espacio de debate y discusión.

El arte no siempre tiene los mismos objetivos, a veces no es necesario descomponerlo en los mínimos elementos y darles la calidad de símbolos; es más, antes de dar una interpretación errónea o que raye en lo burdo o lo muy elaborado y hasta pirado, a veces basta con disfrutar.



Alejandra Mendoza Zacarías

6º Semestre

Específico de Artes Plásticas

18 de mayo de 2011

lunes, 27 de junio de 2011

ROMANTICISMO AMERICANO Y RELACIONES MARXISTAS


Esteban Echeverría
(1805-1851)


Grotesco, fantasía, sueño, emoción, noche, muerte, libertad, son quizá las primeras cogniciones que la mente evoca al tratar de conceptualizar al Romanticismo. Y es que, aunque de manera un tanto económica, sí podríamos encontrar en esas palabras el sustrato temático del pensar romántico europeo.

Lo grotesco es valioso para el romántico, lo exalta como resultado del desequilibro, un elemento propiamente humano que da color a historias de tramas terribles proyectadas con exquisito sentido de la dualidad constituida por el binomio imaginación-verosimilitud.

La noche, más lejos de la vida que de la muerte, es el momento puramente romántico, donde los sentimientos danzan y se funden en un solo movimiento que exalta esa lucha factible del “yo” a favor de la libertad, aclamando el valor de la individualidad que posteriormente se traduciría en el valor colectivo. “Volverse hacia el interior propio es pauta fundamental para captar el mundo que nos rodea”, decía Novalis.

La muerte por su parte, es el grado máximo de consciencia y perfección al cual únicamente se acerca el hombre en el mundo de los sueños, donde el subconsciente se vitaliza proyectándose en el mundo material. Esto explica en parte esa tendencia tan romántica del suicidio como el derrotero que ha de llevar al grado máximo espiritual.

Mientras que en el viejo continente Shelley, Goethe, Manzzoni, Becquer, Poe y un considerable número de escritores encumbraban los preceptos románticos, llega el movimiento a América -no sin el retraso temporal lógico de la importación-.

El momento en que llegó a Hispanoamérica fue decisivo para que el Romanticismo cobrara en estas tierras un color diferente al de su lugar de origen. América para entonces era libre del yugo peninsular más no así de los regímenes e inestabilidad que se había gestado a partir de su emancipación.

Lo grotesco en América no dio cabida para la imaginación, ambientes de fantasía y mucho menos hazañas de carácter caballeresco; lo grotesco se vivía a diario albergado en las dictaduras atroces que la gobernaba, la dictadura de Juan Manuel Rosas es quizá la más representativa. La naturaleza atroz de unos pocos reinaba sobre la individualidad.

Romanticismo en Europa implica una necesidad de volver al pasado para liberarse de la métrica impuesta por la estricta razón, el mundo de la Edad Media les significaba ese pasado donde las relaciones personales realmente eran personales y no las deshumanizadas pautas de convivencia traídas por la Revolución Industrial. América en cambio, no necesitaba ir a un pasado porque quizá no tenía uno; todo ideal primigenio de su cultura se había vuelto difuso tras la colonización, el romántico americano más bien agudiza su mente sobre el presente, volcándose en la sensibilidad emocional popular para reconstruirse. Dicho de otra forma, en Europa el Romanticismo era un modo de sentir; en América era una forma de pensar con base en el sentir del pueblo.

El Sehnsucht, palabra alemana estandarte de la cultura romántica, también cobra dimensiones distintas al otro lado del Atlántico. Allá, Sehnsucht era la búsqueda perpetua del deseo, que definían como una incógnita, como algo absolutamente indefinido: el deseo era un anhelo irrealizable que se traducía en los autores románticos como una terrible melancolía anímica que agudizaba sus sentidos; una melancolía los hacía más sensibles al mundo tangible cuya realidad les afectaba de sobremanera y despertaba en ellos una eterna inconformidad. Pero como cualquier deseo (incluido el deseo de mejorar lo vivido) era ilusoriamente solucionable, esa energía de cambio sufría una metamorfosis con dos deltas para nada inmiscibles: o el sentimiento melancólico se convertía en una fuerza destructiva/autodestructiva, o el sentimiento encontraba acojo arraigándose a la tierra en que se nace y por la que se muere, sintiendo nostalgia y pena por aquel pasado de gloria regional que se dejó ir.

En América el Sehnsucht era la nostalgia de no ser. El deseo se encarnaba en un solo ideal: la libertad, que debía ir de lo colectivo a lo individual. La muerte no era la prolongación del sentimiento a otro plano, ni era un estado de consciencia superior; la muerte era símbolo, causa y fin de la dictadura, la coartación brutal del espíritu. Es aquí donde veo necesario plantear una cualidad sumamente distintiva del Sehnsucht americano respecto a Europa: El deseo humano no se insinuaba como algo indefinido, era por el contrario, algo sumamente concreto, impulsado por el amor a la patria y asequible mediante un método: la revolución.

Como bien lo menciona Novalis en la cita que he expuesto anteriormente, el romanticismo Europeo va más encaminado a la realización del espíritu, a la búsqueda de la libertad propia para proyectarse niveles macros. Son, desde este planteamiento, claros los tintes de pensamiento Hegeliano. En cambio, el romanticismo americano, al presentar un explícito furor de rebelión, persigue sin duda tendencias Marxistas, donde lo material busca afianzarse para lograr el bienestar nacional e individual y no conforme con sólo analizar la realidad tiene la urgencia impaciente de cambiarla.

Quizá sea una hipótesis bastante aventurada, pero sí creo que de cierto modo, tanto Hegel como Marx, influyeron respectivamente en el Romanticismo de Europa y América, por los momentos en que se dieron aquellas teorías filosóficas coincidentes con los momentos románticos de cada continente.

Influyente explícitamente o no, quizá como un ejercicio de analogía, me gustaría señalar de manera muy general algunos elementos marxistas que encentro en el cuento “El Matadero” de Esteban Echeverría, uno de los máximos exponentes del romanticismo americano y autor de este primer cuento romántico en Argentina que por supuesto, marcaría la pauta para el desarrollo del movimiento no sólo en ese país, sino en toda Latinoamérica.

El cuento es una agudísima crítica al sistema ya capitalista de aquélla época –primera mitad del siglo XIX- que narra la demencia de un pueblo con hambre a expensas de la tiranía de Juan Manuel Rosas.

Conviene aquí trazar una línea básica de acción para dar una idea general de sucesos planteados, no sin antes advertir que, cualquier similitud con hechos comunes en nuestro acontecer diario no es mera coincidencia, sino la acción de una tesis dialéctica dominante que aplasta y no permite el cabal desarrollo de su antítesis. Por cronología este es el planteamiento: 1) Un diluvio azotó a la población, la producción de carne se detuvo dejando al pueblo sin su base nutricional. 2) La gente desesperadamente busca qué comer pero como si esto fuera poco, la iglesia, a pesar de que la situación amenaza la supervivencia humana, prohíbe que se consuma carne por mandatos cuaresmales. 3) El pueblo fiel asume la bula eclesiástica. 4) Al aumentar la demanda de productos permitidos por la iglesia, los precios se elevan y la crisis aumenta. 5) En un acto de “extrema bondad” el tirano envía al pueblo 50 novillos para ancianos y niños que, por su condición, son perdonados de desobedecer el mandato divino. Y 6) Todo el pueblo se reúne en el matadero para tratar de conseguir aunque sea, los desechos –“achuras”- de la carne… Los eventos que acontecen esa tarde en el matadero son prueba de los alcances de un pueblo en la agonía: inconsciente, moribundo.

Dentro de este tejido de hechos quiero destacar tres puntos implícitos neurálgicos que demanda el cuento sirviéndonos para entender el Romanticismo en América y que además fueron preceptos importantísimos de la ideología marxista:1) Crítica a lo que Marx llamó el “opio del pueblo”, la religión. 2) Llamado a despertar la consciencia de clase. 3) La necesidad vital de un pueblo por depurarse, revolucionarse.

Si hay algo que destacar del estilo echeverriano es esa cualidad excelsa de la sátira y que cuando de materia eclesiástica se trata, no se muestra para nada indulgente.

“Algunos médicos opinaron que si la carencia de carne continuaba, medio pueblo caería en síncope por estar los estómagos acostumbrados a su corroborante jugo; y era de notar el contraste entre estos tristes pronósticos de la ciencia y los anatemas lanzados desde el púlpito por los reverendos padres contra toda clase de nutrición animal y de promiscuación en aquellos días destinados por la Iglesia al ayuno y la penitencia. […] ¡Cosa extraña que haya estómagos sujetos a leyes inviolables y que la Iglesia tenga la llave de los estómagos!”

La religión, tal como las políticas de los monopolios industriales respecto al trabajo del hombre, son factores alienantes de la humanidad: mi trabajo, mis decisiones, mi voluntad e incluso mis necesidades se enajenan, ya el humano no se pertenece a sí mismo. Se convierte en un ser servil deshumanizado, del cual se ha extraído hasta el más íntimo sustrato de consciencia. Esa consciencia que le hace falta para darse cuenta de lo que es, de su valor y capacidad.

Justo en esa falta de “autoapreciación” es que Marx sustenta la existencia y permanencia de la religión como parte de nuestra vida, diciéndonos que el hombre al no poder identificar su propia esencia la proyecta inconscientemente fuera de sí, y atribuye sus cualidades a un Dios creado por él. Entonces si el humano es capaz de crear lo divino, lo divino tiene que ser parte de él, no le puede ser ajeno. Siendo así que la divinidad resulta ser el hombre mismo.

“El caso es reducir al hombre a una máquina cuyo móvil principal no sea su voluntad sino la de la Iglesia y el gobierno.”

Particularmente me parece un atrevimiento colosal el creer que efectivamente existe un Dios infrahumano. En primera instancia ¿Cómo poder saber que algo existe sin saber siquiera si nosotros existimos? Para saber que algo existe o no hace falta verlo desde afuera y nadie, hasta ahora, ha logrado ver la existencia desde la “no existencia” o lo que sea que implique un plano ajeno al existir humano.

Esta aseveración que lanzo acerca de la existencia de Dios –lo confieso- me parece simple y trivial, sin embargo me atrevo a exponerla porque más bien la quiero usar con fines ilustrativos.

Lo que hice hace dos párrafos fue una crítica: absurda o coherente, válida o inválida, convincente o provocadora de risas, me atreví a cuestionar un paradigma; me atreví a poner en jaque algo que quizá desde nacimiento he considerado como inmutable. Ahora bien ¿Por qué pude pensar y además comunicar semejante cosa? Logré hacerlo porque sé hablar, porque seguramente tuve algún antecedente cultural que me dio la pauta para creer que las cosas no son inmutables y además, porque tengo el tiempo para hacerlo; no tengo hambre, ni frío, tengo cubiertas mis necesidades básicas y me doy el lujo de ponerme a pensar en cosas que en momentos de crisis resultan inútiles.

Es ahí donde Marx y Echeverría proponen que para que se dé un autoconocimiento y una valoración del humano que le permita saber que el poder creador está en él mismo, debe por fuerza haber un ambiente propicio, una incubadora que permita que esos pensamientos embrionarios se desarrollen y no se sofoquen, he ahí su urgencia por la revolución que habría de llevar al hombre a la realización en todos sus sentidos.

La revolución entonces se encargaría de podar los obstáculos alienantes y preparar el campo fértil para el crecimiento de la consciencia.

En este quehacer, la literatura, dadivosa como siempre, encuentra campo de acción y redescubre su poder instigador que se revela como un balde de agua fría que despierta el deseo de cambio. Justo esto hace Esteban Echeverría. Su cuento resulta ser una mirada introspectiva que nos permite ver desde afuera lo propio, aterrarnos con lo que esos entes inscritos en letras viven y sorprendernos al ver que las cosas aberrantes leídas no son sino mi realidad: yo soy el protagonista.

Hablamos de catarsis.

Una de las partes catárticas más fuertes y profundas del cuento la encuentro en un hecho que –como lo descubrirá el lector- es el pan de cada día del mexicano.

Cuando la gente hambrienta va al matadero para mendigar sobras de carne, de pronto un toro (que bien podría ser el oasis alimenticio de una decena de familias) se escapa. Por supuesto que había que atraparlo, se lanza un latigazo al animal pero algo sale mal: el látigo corta la cabeza de un niño.

“Una parte se agolpó sobre la cabeza y el cadáver palpitante del muchacho degollado por el lazo, manifestando horror en su atónito semblante, y la otra parte, compuesta de jinetes se escurrió en distintas direcciones en pos del toro, vociferando y gritando: “¡Allá va el toro! ¡Atajen! ¡Guarda! ¡Enlaza, Sietepelos! ¡Que te agarra, Botija! ¡Va furioso, no se le pongan delante! ¡Ataja, ataja Morado! ¡Dale espuela al mancarrón! ¡Ya se metió en la calle sola! ¡Que lo ataje el diablo!”

“Del niño degollado por el lazo no quedaba sino un charco de sangre.”

¿Qué significó la pérdida de una vida para el pueblo iracundo?... Nada. No significó nada. La tragedia fue casi indiferente y quizá simplemente se convirtió en anécdota: el objetivo estaba latente, había que comer.

Esto se insinúa antinatural y cruel, sin embargo todo se rige bajo la misma lógica: el sistema antinatural y cruel ha engendrado hijos antinaturales y crueles.

Esto pasa en México en materia por ejemplo, del narcotráfico: los narcotraficantes no son entes surgidos por generación espontánea, son engendrados en función de la actividad aberrante gubernativa, y para que se acaben tendría que irse el régimen que les dio vida. Desde este punto de vista causa risa y llanto la evocadísima “guerra contra el narco” porque guerrear contra ello, implicaría destruir la mafia económica que ellos mismos han construido, sería la autoaniquilación.

Y mientras el sistema se hace más fuerte a costa de la demencia y el miedo poblacional, nuestro instinto de supervivencia reina: nos hace olvidarnos de quienes somos, a qué venimos, con quién estamos y, con base en la filosofía de “sálvese quien pueda” matamos, callamos, soportamos, delatamos, hundimos al otro, todo esto con tal de conseguir un mendrugo de seguridad, de autoafirmación. Se forja una máquina donde el pueblo se somete a sí mismo.

Mas, de repente la voz ronca de un carnicero gritó:

-¡Allí viene un unitario!

-Perro unitario.

-¡Mueran los salvajes unitarios! ¡Viva el Restaurador de la leyes!

-”¡Mueran!”, “¡Vivan!”

Repitieron en coro los espectadores, y atándolo codo a codo, entre moquetes y tirones, entre vociferaciones e injurias, arrastraron al infeliz joven al banco del tormento, como los sayones al Cristo. […]

¿Qué nobleza de alma! ¡Qué bravura en los federales!, ¡siempre en pandillas cayendo como buitres sobre la víctima inerte! […]

-¿No sabes que lo manda el Restaurador? (Al unitario)

-La librea es para vosotros, esclavos, no para los hombres libres.

-A los libres se les hace llevar a la fuerza.

-Sí, la fuerza y la violencia bestial. Ésas son vuestras armas, infames. ¿El lobo, el tigre, la pantera, también son fuertes como vosotros! Deberíais andar como ellos, en cuatro patas.

-¿Por qué no llevas luto en el sombrero por la heroína?

-Porque lo llevo en el corazón por la patria que vosotros habéis asesinado, infames.

Entonces un torrente de sangre brotó borbolleando de la boca y la narices del joven, y extendiéndose empezó a caer a chorros por entrambos lados de la mesa. Los sayones quedaron inmóviles y los espectadores estupefactos.

-Reventó de rabia el salvaje unitario -dijo uno.

-Pobre diablo, queríamos únicamente divertirnos con él y tomó la cosa demasiado en serio -exclamó el juez frunciendo el ceño de tigre-. Es preciso dar parte; desátenlo y vamos.

El mismo régimen usa nuestras debilidades como motor de nuestro suicidio. Los “unitarios” eran los revolucionarios que, según la ideología inyectada en los federales, debían ser exterminados por ser portadores de una grandísimo mal social. Es claro cómo la revolución es sofocada por los mismos que necesitan esa revolución. Esto no muestra otra cosa más que la pobreza de consciencia nacional: los devoradores del pueblo -al que por cierto pertenecen- tienen hambre al igual que los sofocados, un hambre no sólo fisiológica sino además hambre de ser un poco lo que no son.

Por esto la urgencia del surgimiento de una consciencia de clase que permita al individuo sentir al otro como parte de sí mismo, forjando un todo social portador de una fuerza que nosotros no somos capaces de conceptualizar pero que existe, y es sumamente temida por los nuestros verdugos. De ahí el interés de que en la “era de las comunicaciones” la gente viva más incomunicada que nunca, más desinformada, con una ignorancia que ya no radica -como antes- en el saber leer, sino en qué se lee.

Sin duda el término “consciencia de clase” ­­—que en nuestros días se limita a un falso nacionalismo— es el verdadero punto neurálgico de los cambios sociales. Los hechos no mienten: sus pocas muestras de existencia han provocado ligeros y lentos cambios no poco significativos –aunque por supuesto aún insuficientes– en la historia de la humanidad. Y es la misma historia la que honra la revolución: Los pensadores, libertadores y verdaderos espíritus de cambio que fueron acallados en un pasado se redescubren en el presente y vemos conveniente perseguirlos porque se convierten la esperanza mesiánica de nuestra crisis.

No me atrevería a nombrar ningún movimiento social con el término de “revolucionario”. En la historia del hombre, según mi percepción, sólo ha habido una revolución real y sucedió hace miles de años, cuando el hombre se hizo sapiens y descubrió dos palabras que, si bien no existían gramáticamente como tales, su concepción fue perfectamente asimilada… Hablo del descubrimiento de los adjetivos “tuyo” y “mío” que llegarían para inaugurar el sentido de posesión: una autoridad vigente hasta nuestros días.

Efectivamente se han dado movimientos decisivos en el rumbo humano —la “Revolución” Francesa podría ser un ejemplo— pero ninguno de ellos ha generado un cambio real en el sistema que conocemos: es la misma dominancia milenaria del que tiene más sobre el que menos tiene, sólo que con diferentes líderes, en diferentes tiempos: a veces se gana en ciertos rubros humanísticos pero se pierde en otros… todo es un ir y venir dentro de este espiral ascendente que es el tránsito humano.

El socialismo (secamente descrito) se plantea precisamente como una vuelta a ese pasado primigenio donde todo es del pueblo y para el pueblo, buscando regresar al hombre esa facultad de cooperativismo gregario que, aunque de manera ya agonizante, manifestaba aún el “buen salvaje” que tantas veces defendió Rousseau en sus tratados de sociedad ideal. Y a pesar de que algunas sociedades se plantean como socialistas o a un paso de ello, el socialismo dentro de los alcances de la mentalidad contemporánea es más bien una quimera, falta esa quintaesencia de consciencia que nos permita entender y aceptar nuestra condición de igualdad respecto el otro. Bien dicen por ahí que (tal como se han manifestado hasta ahora) el capitalismo es la distribución desigual de la riqueza pero el comunismo es la igual distribución de la pobreza.

Quizá, por la experiencia, podríamos caer el la resignada aceptación de que el concepto “revolución” sea únicamente una utopía útil, un motor que nos obligue a avanzar para llegar a un plano que quizá no imaginamos... O quizá la revolución sea la existencia misma como tal y vivamos para llevarla acabo, para conducirnos dentro de ella.

Con base en mi última hipótesis, me agrada proyectarme la revolución como terreno, motivo y causa del existir, motivada por la aspiración máxima del hombre que sin duda es la libertad, proveedora por antonomasia de igualdad, seguridad y demás garantías que hemos pretendido universalmente como especie.

El arte dentro de mi ideal de este existir revolucionario funge un rol especial: el informativo. Resulta ser una especie de brújula orientadora que nos permite ver cómo estamos como cultura y hacia qué rumbo caminamos.

La propuesta de Marx respecto al tema va muy en pos del avance en el pensar humano; considera la estética como un ente indisociable a una repercusión artística de tipo social cuya importancia se traduciría nada más y nada menos que en la forma en que las personas perciben y sienten la realidad —de ahí que ponga tanto cuidado en la manera en que se realiza el arte y plantee ciertos condicionantes para su validez, aspectos que según él ayudarían al “desarrollo más humano de la humanidad”—.

Considero sin embargo que el arte no debe tener ni tratar de cubrir un rubro; el arte por sí misma no es portadora de algo que deba ser encasillado dentro de ciertos límites para que pueda catalogarse como arte útil. Al ser reflejo fiel de la más ínfima inquietud del ser, resulta significar una sacudida de consciencias y si surge determinado movimiento de arte que sea selectivo o excluyente, que esté interesado en hacer de sí mismo un tráfico mercantil o que lleve en sí subjetivismos ideológicos, más que objeto de desprecio debe ser objeto de atención y observación: el analista agudo sabrá que ese arte es más bien un foco rojo, un grito natural del espíritu de que algo no anda bien y, sobre todo, un llamado a averiguar el porqué de esa conducta o tendencia artística. Suprimirla o juzgarla sería negarnos la posibilidad de descubrir que pasa a nuestro alrededor.

Si bien, desde el punto de vista marxista el Romanticismo Latinoamericano —respecto al Romanticismo europeo— se apega más a su noción de lo que debe ser el arte, ambas acepciones estilísticas no se pueden comparar en profundidad ni en intención, por supuesto no porque una sea más válida y útil socialmente que la otra, sino porque son manifestaciones que a pesar de presentar ciertos contrapuntos, tienen una misma esencia y su función es igualmente valiosa dentro de su contexto. El Romanticismo aquí toma la forma que el acontecer le dicta e invita a la catarsis, en Europa hace lo mismo pero de diferente manera: ambas finalmente pretenden resucitarnos de las recurrentes catalepsias que nos aquejan como raza y nos orillan a dirigirnos más dignamente en el andar errante del humano.

Ana Karla Torres Gómez

6º semestre

Específico de Teatro