lunes, 27 de junio de 2011

ROMANTICISMO AMERICANO Y RELACIONES MARXISTAS


Esteban Echeverría
(1805-1851)


Grotesco, fantasía, sueño, emoción, noche, muerte, libertad, son quizá las primeras cogniciones que la mente evoca al tratar de conceptualizar al Romanticismo. Y es que, aunque de manera un tanto económica, sí podríamos encontrar en esas palabras el sustrato temático del pensar romántico europeo.

Lo grotesco es valioso para el romántico, lo exalta como resultado del desequilibro, un elemento propiamente humano que da color a historias de tramas terribles proyectadas con exquisito sentido de la dualidad constituida por el binomio imaginación-verosimilitud.

La noche, más lejos de la vida que de la muerte, es el momento puramente romántico, donde los sentimientos danzan y se funden en un solo movimiento que exalta esa lucha factible del “yo” a favor de la libertad, aclamando el valor de la individualidad que posteriormente se traduciría en el valor colectivo. “Volverse hacia el interior propio es pauta fundamental para captar el mundo que nos rodea”, decía Novalis.

La muerte por su parte, es el grado máximo de consciencia y perfección al cual únicamente se acerca el hombre en el mundo de los sueños, donde el subconsciente se vitaliza proyectándose en el mundo material. Esto explica en parte esa tendencia tan romántica del suicidio como el derrotero que ha de llevar al grado máximo espiritual.

Mientras que en el viejo continente Shelley, Goethe, Manzzoni, Becquer, Poe y un considerable número de escritores encumbraban los preceptos románticos, llega el movimiento a América -no sin el retraso temporal lógico de la importación-.

El momento en que llegó a Hispanoamérica fue decisivo para que el Romanticismo cobrara en estas tierras un color diferente al de su lugar de origen. América para entonces era libre del yugo peninsular más no así de los regímenes e inestabilidad que se había gestado a partir de su emancipación.

Lo grotesco en América no dio cabida para la imaginación, ambientes de fantasía y mucho menos hazañas de carácter caballeresco; lo grotesco se vivía a diario albergado en las dictaduras atroces que la gobernaba, la dictadura de Juan Manuel Rosas es quizá la más representativa. La naturaleza atroz de unos pocos reinaba sobre la individualidad.

Romanticismo en Europa implica una necesidad de volver al pasado para liberarse de la métrica impuesta por la estricta razón, el mundo de la Edad Media les significaba ese pasado donde las relaciones personales realmente eran personales y no las deshumanizadas pautas de convivencia traídas por la Revolución Industrial. América en cambio, no necesitaba ir a un pasado porque quizá no tenía uno; todo ideal primigenio de su cultura se había vuelto difuso tras la colonización, el romántico americano más bien agudiza su mente sobre el presente, volcándose en la sensibilidad emocional popular para reconstruirse. Dicho de otra forma, en Europa el Romanticismo era un modo de sentir; en América era una forma de pensar con base en el sentir del pueblo.

El Sehnsucht, palabra alemana estandarte de la cultura romántica, también cobra dimensiones distintas al otro lado del Atlántico. Allá, Sehnsucht era la búsqueda perpetua del deseo, que definían como una incógnita, como algo absolutamente indefinido: el deseo era un anhelo irrealizable que se traducía en los autores románticos como una terrible melancolía anímica que agudizaba sus sentidos; una melancolía los hacía más sensibles al mundo tangible cuya realidad les afectaba de sobremanera y despertaba en ellos una eterna inconformidad. Pero como cualquier deseo (incluido el deseo de mejorar lo vivido) era ilusoriamente solucionable, esa energía de cambio sufría una metamorfosis con dos deltas para nada inmiscibles: o el sentimiento melancólico se convertía en una fuerza destructiva/autodestructiva, o el sentimiento encontraba acojo arraigándose a la tierra en que se nace y por la que se muere, sintiendo nostalgia y pena por aquel pasado de gloria regional que se dejó ir.

En América el Sehnsucht era la nostalgia de no ser. El deseo se encarnaba en un solo ideal: la libertad, que debía ir de lo colectivo a lo individual. La muerte no era la prolongación del sentimiento a otro plano, ni era un estado de consciencia superior; la muerte era símbolo, causa y fin de la dictadura, la coartación brutal del espíritu. Es aquí donde veo necesario plantear una cualidad sumamente distintiva del Sehnsucht americano respecto a Europa: El deseo humano no se insinuaba como algo indefinido, era por el contrario, algo sumamente concreto, impulsado por el amor a la patria y asequible mediante un método: la revolución.

Como bien lo menciona Novalis en la cita que he expuesto anteriormente, el romanticismo Europeo va más encaminado a la realización del espíritu, a la búsqueda de la libertad propia para proyectarse niveles macros. Son, desde este planteamiento, claros los tintes de pensamiento Hegeliano. En cambio, el romanticismo americano, al presentar un explícito furor de rebelión, persigue sin duda tendencias Marxistas, donde lo material busca afianzarse para lograr el bienestar nacional e individual y no conforme con sólo analizar la realidad tiene la urgencia impaciente de cambiarla.

Quizá sea una hipótesis bastante aventurada, pero sí creo que de cierto modo, tanto Hegel como Marx, influyeron respectivamente en el Romanticismo de Europa y América, por los momentos en que se dieron aquellas teorías filosóficas coincidentes con los momentos románticos de cada continente.

Influyente explícitamente o no, quizá como un ejercicio de analogía, me gustaría señalar de manera muy general algunos elementos marxistas que encentro en el cuento “El Matadero” de Esteban Echeverría, uno de los máximos exponentes del romanticismo americano y autor de este primer cuento romántico en Argentina que por supuesto, marcaría la pauta para el desarrollo del movimiento no sólo en ese país, sino en toda Latinoamérica.

El cuento es una agudísima crítica al sistema ya capitalista de aquélla época –primera mitad del siglo XIX- que narra la demencia de un pueblo con hambre a expensas de la tiranía de Juan Manuel Rosas.

Conviene aquí trazar una línea básica de acción para dar una idea general de sucesos planteados, no sin antes advertir que, cualquier similitud con hechos comunes en nuestro acontecer diario no es mera coincidencia, sino la acción de una tesis dialéctica dominante que aplasta y no permite el cabal desarrollo de su antítesis. Por cronología este es el planteamiento: 1) Un diluvio azotó a la población, la producción de carne se detuvo dejando al pueblo sin su base nutricional. 2) La gente desesperadamente busca qué comer pero como si esto fuera poco, la iglesia, a pesar de que la situación amenaza la supervivencia humana, prohíbe que se consuma carne por mandatos cuaresmales. 3) El pueblo fiel asume la bula eclesiástica. 4) Al aumentar la demanda de productos permitidos por la iglesia, los precios se elevan y la crisis aumenta. 5) En un acto de “extrema bondad” el tirano envía al pueblo 50 novillos para ancianos y niños que, por su condición, son perdonados de desobedecer el mandato divino. Y 6) Todo el pueblo se reúne en el matadero para tratar de conseguir aunque sea, los desechos –“achuras”- de la carne… Los eventos que acontecen esa tarde en el matadero son prueba de los alcances de un pueblo en la agonía: inconsciente, moribundo.

Dentro de este tejido de hechos quiero destacar tres puntos implícitos neurálgicos que demanda el cuento sirviéndonos para entender el Romanticismo en América y que además fueron preceptos importantísimos de la ideología marxista:1) Crítica a lo que Marx llamó el “opio del pueblo”, la religión. 2) Llamado a despertar la consciencia de clase. 3) La necesidad vital de un pueblo por depurarse, revolucionarse.

Si hay algo que destacar del estilo echeverriano es esa cualidad excelsa de la sátira y que cuando de materia eclesiástica se trata, no se muestra para nada indulgente.

“Algunos médicos opinaron que si la carencia de carne continuaba, medio pueblo caería en síncope por estar los estómagos acostumbrados a su corroborante jugo; y era de notar el contraste entre estos tristes pronósticos de la ciencia y los anatemas lanzados desde el púlpito por los reverendos padres contra toda clase de nutrición animal y de promiscuación en aquellos días destinados por la Iglesia al ayuno y la penitencia. […] ¡Cosa extraña que haya estómagos sujetos a leyes inviolables y que la Iglesia tenga la llave de los estómagos!”

La religión, tal como las políticas de los monopolios industriales respecto al trabajo del hombre, son factores alienantes de la humanidad: mi trabajo, mis decisiones, mi voluntad e incluso mis necesidades se enajenan, ya el humano no se pertenece a sí mismo. Se convierte en un ser servil deshumanizado, del cual se ha extraído hasta el más íntimo sustrato de consciencia. Esa consciencia que le hace falta para darse cuenta de lo que es, de su valor y capacidad.

Justo en esa falta de “autoapreciación” es que Marx sustenta la existencia y permanencia de la religión como parte de nuestra vida, diciéndonos que el hombre al no poder identificar su propia esencia la proyecta inconscientemente fuera de sí, y atribuye sus cualidades a un Dios creado por él. Entonces si el humano es capaz de crear lo divino, lo divino tiene que ser parte de él, no le puede ser ajeno. Siendo así que la divinidad resulta ser el hombre mismo.

“El caso es reducir al hombre a una máquina cuyo móvil principal no sea su voluntad sino la de la Iglesia y el gobierno.”

Particularmente me parece un atrevimiento colosal el creer que efectivamente existe un Dios infrahumano. En primera instancia ¿Cómo poder saber que algo existe sin saber siquiera si nosotros existimos? Para saber que algo existe o no hace falta verlo desde afuera y nadie, hasta ahora, ha logrado ver la existencia desde la “no existencia” o lo que sea que implique un plano ajeno al existir humano.

Esta aseveración que lanzo acerca de la existencia de Dios –lo confieso- me parece simple y trivial, sin embargo me atrevo a exponerla porque más bien la quiero usar con fines ilustrativos.

Lo que hice hace dos párrafos fue una crítica: absurda o coherente, válida o inválida, convincente o provocadora de risas, me atreví a cuestionar un paradigma; me atreví a poner en jaque algo que quizá desde nacimiento he considerado como inmutable. Ahora bien ¿Por qué pude pensar y además comunicar semejante cosa? Logré hacerlo porque sé hablar, porque seguramente tuve algún antecedente cultural que me dio la pauta para creer que las cosas no son inmutables y además, porque tengo el tiempo para hacerlo; no tengo hambre, ni frío, tengo cubiertas mis necesidades básicas y me doy el lujo de ponerme a pensar en cosas que en momentos de crisis resultan inútiles.

Es ahí donde Marx y Echeverría proponen que para que se dé un autoconocimiento y una valoración del humano que le permita saber que el poder creador está en él mismo, debe por fuerza haber un ambiente propicio, una incubadora que permita que esos pensamientos embrionarios se desarrollen y no se sofoquen, he ahí su urgencia por la revolución que habría de llevar al hombre a la realización en todos sus sentidos.

La revolución entonces se encargaría de podar los obstáculos alienantes y preparar el campo fértil para el crecimiento de la consciencia.

En este quehacer, la literatura, dadivosa como siempre, encuentra campo de acción y redescubre su poder instigador que se revela como un balde de agua fría que despierta el deseo de cambio. Justo esto hace Esteban Echeverría. Su cuento resulta ser una mirada introspectiva que nos permite ver desde afuera lo propio, aterrarnos con lo que esos entes inscritos en letras viven y sorprendernos al ver que las cosas aberrantes leídas no son sino mi realidad: yo soy el protagonista.

Hablamos de catarsis.

Una de las partes catárticas más fuertes y profundas del cuento la encuentro en un hecho que –como lo descubrirá el lector- es el pan de cada día del mexicano.

Cuando la gente hambrienta va al matadero para mendigar sobras de carne, de pronto un toro (que bien podría ser el oasis alimenticio de una decena de familias) se escapa. Por supuesto que había que atraparlo, se lanza un latigazo al animal pero algo sale mal: el látigo corta la cabeza de un niño.

“Una parte se agolpó sobre la cabeza y el cadáver palpitante del muchacho degollado por el lazo, manifestando horror en su atónito semblante, y la otra parte, compuesta de jinetes se escurrió en distintas direcciones en pos del toro, vociferando y gritando: “¡Allá va el toro! ¡Atajen! ¡Guarda! ¡Enlaza, Sietepelos! ¡Que te agarra, Botija! ¡Va furioso, no se le pongan delante! ¡Ataja, ataja Morado! ¡Dale espuela al mancarrón! ¡Ya se metió en la calle sola! ¡Que lo ataje el diablo!”

“Del niño degollado por el lazo no quedaba sino un charco de sangre.”

¿Qué significó la pérdida de una vida para el pueblo iracundo?... Nada. No significó nada. La tragedia fue casi indiferente y quizá simplemente se convirtió en anécdota: el objetivo estaba latente, había que comer.

Esto se insinúa antinatural y cruel, sin embargo todo se rige bajo la misma lógica: el sistema antinatural y cruel ha engendrado hijos antinaturales y crueles.

Esto pasa en México en materia por ejemplo, del narcotráfico: los narcotraficantes no son entes surgidos por generación espontánea, son engendrados en función de la actividad aberrante gubernativa, y para que se acaben tendría que irse el régimen que les dio vida. Desde este punto de vista causa risa y llanto la evocadísima “guerra contra el narco” porque guerrear contra ello, implicaría destruir la mafia económica que ellos mismos han construido, sería la autoaniquilación.

Y mientras el sistema se hace más fuerte a costa de la demencia y el miedo poblacional, nuestro instinto de supervivencia reina: nos hace olvidarnos de quienes somos, a qué venimos, con quién estamos y, con base en la filosofía de “sálvese quien pueda” matamos, callamos, soportamos, delatamos, hundimos al otro, todo esto con tal de conseguir un mendrugo de seguridad, de autoafirmación. Se forja una máquina donde el pueblo se somete a sí mismo.

Mas, de repente la voz ronca de un carnicero gritó:

-¡Allí viene un unitario!

-Perro unitario.

-¡Mueran los salvajes unitarios! ¡Viva el Restaurador de la leyes!

-”¡Mueran!”, “¡Vivan!”

Repitieron en coro los espectadores, y atándolo codo a codo, entre moquetes y tirones, entre vociferaciones e injurias, arrastraron al infeliz joven al banco del tormento, como los sayones al Cristo. […]

¿Qué nobleza de alma! ¡Qué bravura en los federales!, ¡siempre en pandillas cayendo como buitres sobre la víctima inerte! […]

-¿No sabes que lo manda el Restaurador? (Al unitario)

-La librea es para vosotros, esclavos, no para los hombres libres.

-A los libres se les hace llevar a la fuerza.

-Sí, la fuerza y la violencia bestial. Ésas son vuestras armas, infames. ¿El lobo, el tigre, la pantera, también son fuertes como vosotros! Deberíais andar como ellos, en cuatro patas.

-¿Por qué no llevas luto en el sombrero por la heroína?

-Porque lo llevo en el corazón por la patria que vosotros habéis asesinado, infames.

Entonces un torrente de sangre brotó borbolleando de la boca y la narices del joven, y extendiéndose empezó a caer a chorros por entrambos lados de la mesa. Los sayones quedaron inmóviles y los espectadores estupefactos.

-Reventó de rabia el salvaje unitario -dijo uno.

-Pobre diablo, queríamos únicamente divertirnos con él y tomó la cosa demasiado en serio -exclamó el juez frunciendo el ceño de tigre-. Es preciso dar parte; desátenlo y vamos.

El mismo régimen usa nuestras debilidades como motor de nuestro suicidio. Los “unitarios” eran los revolucionarios que, según la ideología inyectada en los federales, debían ser exterminados por ser portadores de una grandísimo mal social. Es claro cómo la revolución es sofocada por los mismos que necesitan esa revolución. Esto no muestra otra cosa más que la pobreza de consciencia nacional: los devoradores del pueblo -al que por cierto pertenecen- tienen hambre al igual que los sofocados, un hambre no sólo fisiológica sino además hambre de ser un poco lo que no son.

Por esto la urgencia del surgimiento de una consciencia de clase que permita al individuo sentir al otro como parte de sí mismo, forjando un todo social portador de una fuerza que nosotros no somos capaces de conceptualizar pero que existe, y es sumamente temida por los nuestros verdugos. De ahí el interés de que en la “era de las comunicaciones” la gente viva más incomunicada que nunca, más desinformada, con una ignorancia que ya no radica -como antes- en el saber leer, sino en qué se lee.

Sin duda el término “consciencia de clase” ­­—que en nuestros días se limita a un falso nacionalismo— es el verdadero punto neurálgico de los cambios sociales. Los hechos no mienten: sus pocas muestras de existencia han provocado ligeros y lentos cambios no poco significativos –aunque por supuesto aún insuficientes– en la historia de la humanidad. Y es la misma historia la que honra la revolución: Los pensadores, libertadores y verdaderos espíritus de cambio que fueron acallados en un pasado se redescubren en el presente y vemos conveniente perseguirlos porque se convierten la esperanza mesiánica de nuestra crisis.

No me atrevería a nombrar ningún movimiento social con el término de “revolucionario”. En la historia del hombre, según mi percepción, sólo ha habido una revolución real y sucedió hace miles de años, cuando el hombre se hizo sapiens y descubrió dos palabras que, si bien no existían gramáticamente como tales, su concepción fue perfectamente asimilada… Hablo del descubrimiento de los adjetivos “tuyo” y “mío” que llegarían para inaugurar el sentido de posesión: una autoridad vigente hasta nuestros días.

Efectivamente se han dado movimientos decisivos en el rumbo humano —la “Revolución” Francesa podría ser un ejemplo— pero ninguno de ellos ha generado un cambio real en el sistema que conocemos: es la misma dominancia milenaria del que tiene más sobre el que menos tiene, sólo que con diferentes líderes, en diferentes tiempos: a veces se gana en ciertos rubros humanísticos pero se pierde en otros… todo es un ir y venir dentro de este espiral ascendente que es el tránsito humano.

El socialismo (secamente descrito) se plantea precisamente como una vuelta a ese pasado primigenio donde todo es del pueblo y para el pueblo, buscando regresar al hombre esa facultad de cooperativismo gregario que, aunque de manera ya agonizante, manifestaba aún el “buen salvaje” que tantas veces defendió Rousseau en sus tratados de sociedad ideal. Y a pesar de que algunas sociedades se plantean como socialistas o a un paso de ello, el socialismo dentro de los alcances de la mentalidad contemporánea es más bien una quimera, falta esa quintaesencia de consciencia que nos permita entender y aceptar nuestra condición de igualdad respecto el otro. Bien dicen por ahí que (tal como se han manifestado hasta ahora) el capitalismo es la distribución desigual de la riqueza pero el comunismo es la igual distribución de la pobreza.

Quizá, por la experiencia, podríamos caer el la resignada aceptación de que el concepto “revolución” sea únicamente una utopía útil, un motor que nos obligue a avanzar para llegar a un plano que quizá no imaginamos... O quizá la revolución sea la existencia misma como tal y vivamos para llevarla acabo, para conducirnos dentro de ella.

Con base en mi última hipótesis, me agrada proyectarme la revolución como terreno, motivo y causa del existir, motivada por la aspiración máxima del hombre que sin duda es la libertad, proveedora por antonomasia de igualdad, seguridad y demás garantías que hemos pretendido universalmente como especie.

El arte dentro de mi ideal de este existir revolucionario funge un rol especial: el informativo. Resulta ser una especie de brújula orientadora que nos permite ver cómo estamos como cultura y hacia qué rumbo caminamos.

La propuesta de Marx respecto al tema va muy en pos del avance en el pensar humano; considera la estética como un ente indisociable a una repercusión artística de tipo social cuya importancia se traduciría nada más y nada menos que en la forma en que las personas perciben y sienten la realidad —de ahí que ponga tanto cuidado en la manera en que se realiza el arte y plantee ciertos condicionantes para su validez, aspectos que según él ayudarían al “desarrollo más humano de la humanidad”—.

Considero sin embargo que el arte no debe tener ni tratar de cubrir un rubro; el arte por sí misma no es portadora de algo que deba ser encasillado dentro de ciertos límites para que pueda catalogarse como arte útil. Al ser reflejo fiel de la más ínfima inquietud del ser, resulta significar una sacudida de consciencias y si surge determinado movimiento de arte que sea selectivo o excluyente, que esté interesado en hacer de sí mismo un tráfico mercantil o que lleve en sí subjetivismos ideológicos, más que objeto de desprecio debe ser objeto de atención y observación: el analista agudo sabrá que ese arte es más bien un foco rojo, un grito natural del espíritu de que algo no anda bien y, sobre todo, un llamado a averiguar el porqué de esa conducta o tendencia artística. Suprimirla o juzgarla sería negarnos la posibilidad de descubrir que pasa a nuestro alrededor.

Si bien, desde el punto de vista marxista el Romanticismo Latinoamericano —respecto al Romanticismo europeo— se apega más a su noción de lo que debe ser el arte, ambas acepciones estilísticas no se pueden comparar en profundidad ni en intención, por supuesto no porque una sea más válida y útil socialmente que la otra, sino porque son manifestaciones que a pesar de presentar ciertos contrapuntos, tienen una misma esencia y su función es igualmente valiosa dentro de su contexto. El Romanticismo aquí toma la forma que el acontecer le dicta e invita a la catarsis, en Europa hace lo mismo pero de diferente manera: ambas finalmente pretenden resucitarnos de las recurrentes catalepsias que nos aquejan como raza y nos orillan a dirigirnos más dignamente en el andar errante del humano.

Ana Karla Torres Gómez

6º semestre

Específico de Teatro

lunes, 20 de junio de 2011

MAGRITTE [MI REALISMO, SU REALISMO Y SURREALISMO]





“La condición humana”


[LO REAL] Una visión particular.


La esencia humana vino a caer en un tiempo y un espacio bastante elitista. No nos deja saber mucho de él y dopa con su cualidad dual de simpleza y complejidad. El consuelo de la terminología nos dice que esto, esta experiencia, esta verosimilitud de acciones, es lo que se debe llamar “realidad” y hemos aceptado el concepto a pesar de que conocemos sus deficiencias: no ser una concepción absoluta y, sobre todo, limitarse a la representación de lo que creemos percibir.


Nuestra noción de realidad es tan precaria que, por nuestra condición subjetiva, no podemos copiar la realidad tal cual es pero ¡Tampoco podemos imaginarnos otra realidad distinta a la que suponemos apreciar! Estamos encerrados –queramos o no- en un lapso de sensaciones y las ideas que proliferan a partir de ellas: no hay más. Todo lo que podemos concebir, sea o no sea realizable físicamente, está enmarcado dentro de nuestra realidad. La fotosíntesis, el yo escribiendo un ensayo, el árbol, un duende, una mujer mitad pescado, se encuentran en el universo de lo real aunque, por supuesto, su calidad de realidad se sitúa en distintos planos.


Es así como distingo dos grandes niveles de lo real: uno, donde se efectúa el fenómeno verosímil (aquél que puede suceder y dejar constancia físicamente) y otro, donde reside el fenómeno inverosímil (ése que vive en la idea y cuya constancia física no resulta comprobable).


Y como el ying conduce al yang, al hablar de realidad me veo arrastrada al antónimo. Lo no real lo resuelvo como aquello que no se puede manifestar ni siquiera en las ideas, lo que nunca nadie va a poder pensar ni percibir… Aquello que va más allá de lo corpóreo y espiritual, aquello inasequible al hombre, ese gran misterio.


El lector agudo notará que esto encierra una gran contradicción: si es que lo no real es imperceptible, impensable e inimaginable, entonces ¿No al hablar de una no realidad esta se convierte ya en una realidad dentro del plano de las ideas?[Este conflicto me hace asentir con mayor fuerza que definitivamente no podemos ir más allá de lo que nuestra experiencia nos permite concebir.]


Al parecer lo único que existe es esto; estas certezas, estas dudas interminables, esta concepción que en definitiva no nos permite admitir algo más. Es aquí donde vuelvo a la idea del encerramiento sensorial que trataba en el segundo párrafo. Permanecemos atrapados en este cuerpo que nos comunica con más cuerpos ubicados todos en un lugar y rumbo indefinidos. Es así como lo real y lo irreal casi se funden en una misma cosay no hacen más que despertar en nosotros la duda del “qué es esto y qué hay fuera de esto”.


En el campo de la plástica, mi pensar acerca de la realidad me hace reaceptar a Giotto di Bondone, Botticelli, Velázquez, Goya, Delacroix, Millet y Magritte, como pintores humanos y, por tanto, automáticamente realistas, independientemente de la corriente estilística que persigan.


Las obras de cinco de los seis artistas mencionados son evidente o coloquialmente aceptadas como pintores de la “realidad”, sus temas se mueven insinuando figuras ya sean místicas o miméticas ad hoc con la realidad inmediata de cada época. Dentro del sexteto mencionado, quizá despunte la presencia de Magritte porque aunque efectivamente lo sea, cuesta al entendimiento trivial catalogarlo como un pintor “realista”.Lo que lo diferencia respecto a los demás (a muy grandes rasgos) es simplemente su innovadora temática que de igual forma entra dentro de lo real, pero en el segundo plano que mencionaba: lo real inverosímil en la experiencia.


Como estudiantes de arte, se nos repite hasta el cansancio que en la historia los movimientos estéticos siempre varían en función de ser realistas o no, pero ya habiendo analizado todo lo anterior más bien cabe decir que esta categoría se anula, convirtiéndose el realismo en una característica inseparable de arte. Puedo decir que la temática artística más bien siempre oscila dentro de un triángulo de posibilidades: lo figurativo como fenómeno realizable en la experiencia, lo figurativo como producto de la imaginación y lo abstracto.


El contexto, la cultura, las necesidades de cada época, hacen que la producción de arte navegue o no en cualquiera de esas tres aristas. Las revoluciones del 48 por ejemplo, son las que despiertan a Europa del sueño Romántico para comenzar a vivir el Realismo (como movimiento estético) así como los descubrimientos científicos de Einstein y Freud aunados a los conflictos bélicos del siglo XX marcan un punto de giro sumamente tajante y notorio en el arte impresionista, postimpresionista, vanguardista y por ende, el arte coetáneo a nosotros.


[El arte es invariablemente de tendencias realistas, lo que varía es el cómo se trata lo que se entiende como realidad.]



Magritte [su realismo y SURREALISMO]


El surrealismo(a pesar de que su nombre presuma ir “sobre” o por “encima” de lo real) tampoco se salva de atenerse a los márgenes de nuestra naturaleza humana. Desde este punto de vista, Magritte no se sale de la realidad; simple (o complejamente) la desarticula y la envía al plano de las ideas.


Muy ambiciosamente creo poder esquematizarla concepción magrittiana de cómo percibe lo real evocando uno de sus cuadros: “La condición humana”,donde un paisaje visto a través de una ventana no resulta ser el paisaje en sí sino una pintura sobre un caballete. Es clave el juego de relaciones entre la ventana (que en teoría es un medio a través del cual podemos ver “un algo”) y la pintura (que más bien, es un medio a través del cual podemos ver “un algo” concebido por “un alguien”)… Es así como se hace un juego de entre lo que se es en la existencia física y lo que se es en la percepción individual y subjetiva de las cosas: las ideas. La condición humana es entonces esa capacidad (limitante o no) de rescatar de las cosas sólo una representación sintética, simbólica, abstracta y relativa de lo que percibimos.


Ahora bien, haciendo un esquema quizá más específico de su pintura, la realidad magrittiana, en los aspectos que más llaman mi atención (más no en los únicos),puede ser agrupada en 3 grandes bloques de cuadros: Uno, que he llamado “el grupo de las metamorfosis biológicas” donde los objetos como tales renuncian a su forma convencional trasmutando en otros (“La tumba de los luchadores” o “La explicación” figuran aquí); otro, “el grupo de la transgresiones a leyes físicas” (con cuadros como “Golconda” o “El tiempo traspasado”), “el grupo de la no correspondencia” (con cuadros como “Esto no es una pipa” o “La máscara vacía”) donde las palabras pierden correspondencia con los objetos que las acompañan, porque efectivamente lo que está en el cuadro no es una pipa sino la representación de esa pipa, y por último; “el grupo de la visibilidad” que toca precisamente el punto neurálgico que en este ensayo quiero tratar.




“La tumba de los luchadores”





“El tiempo traspasado”



Efectivamente Magritte se apega a las características estéticas de la pintura surrealista (representaciones de carácter onírico, objetos y formas desprovistos de su significación tradicional, juegos pictóricos de tiempo y espacio) sin embrago, considero que el surrealismo del pintor no se encuentra en este hecho; una rosa gigante reposando en una habitación, un tren emergiendo de una chimenea, una botella-zanahoria, son signos finalmente realistas. El surrealismo como tal, ese “ir por encima de la realidad” (literalmente), más que representado de manera figurativa imaginativa, lo veo implícito en las obras del “grupo de la visibilidad” que ya mencionaba. Dentro de él he querido convocar cuadros como “El hijo del hombre”, “El hombre con el sombrero de hongo”, “La gran guerra”, “Firma en blanco”, “Calcomanía” y muchos más que tienen como común denominador la idea de ocultar algo bajo la solidez de un objeto o, en otros casos, representar la solidez de un objeto renunciando a su cualidad de impenetrabilidad para permitir la transparencia que da visibilidad a un fondo(que no es más que otro objeto ubicado por detrás).



“El Hijo del Hombre”



Me explicaré abiertamente.


Tomo como ejemplo el óleo “La gran guerra” no sin antes aclarar que mi tesis de igual manera puede ser aplicable a cualquiera de los cuadros citados. En él, un ramo de flores moradas cubre el rostro de una mujer y quizá, para mis fines, no necesite explicar más: basta con decir que un objeto cubre a otro.



“La gran guerra”



En la obra, resulta enigmático que sea precisamente un ramo venciendo la gravedad quien impida la visibilidad de la cabeza humana sin embargo, no queriendo detenerme en esto, paso a afirmar lo casual que analizado fría y objetivamente resulta ser este hecho. Llama la atención porque nuestra razón no se acostumbra a mirar como normal esta clase de ocultamientos, pero pensándolo más “trivialmente” podremos concluir lo coloquial del fenómeno simple y sencillamente porquela existencia física tiene sus bases de manifestación en los principios de figura y fondo: todo es distinguible porque hay un algo detrás que delimita formas y espacios. Ahora bien, si a la mujer le quitamos el ramo, su rostro dejaría de ser un misterio y estaría manifiesto, pero si quitamos por completo el cuerpo de la mujer podríamos a su vez distinguir en su totalidad la barda que hay detrás y, si eliminamos dicha barda, veríamos el mar, si quitamos el mar veríamos el cielo, si quitamos el cielo… y así ininterrumpidamente hasta llegar a… ¿A dónde llegaríamos? Quizá llegaríamos precisamente al punto más sintético o más explícito de la existencia, de nuestra realidad… Quizá llegaríamos a la nada, al todo, a lo mismo, o...


En el sugerir algo que quizá jamás podamos imaginar certeramente, que quizá nunca se le vaya ocurrir a alguien, en ese enigma es veo el cometido del surrealismo en Magritte; lo demás, es vanidad.


Fuentes de información:

Búsqueda de cuadros: René Magritte, Google.


Ana Karla Torres Gómez

6º semestre

Específico de Teatro

19 de mayo de 2011

viernes, 27 de mayo de 2011

NUEVA PÁGINA: LA FILOSOFÍA

Estimados visitantes, los invito a asomarse a la nueva página de este blog: "La Filosofía". Acabo de publicar en ella algunas de las mejores reflexiones de mis alumnos de los años escolares agosto de 2003 - julio de 2005. En verdad se las recomiendo, pues lo tienen todo: frescura, originalidad y profundidad. Pero, sobre todo, son filosofía joven. Que les aproveche.

Saludos.

José María Guadalupe Cabrera Hernández

domingo, 13 de febrero de 2011

DOS ENSAYOS SOBRE LO SUBLIME





SUBLIME, SEGÚN LONGINO Y YO

Entre el siglo III a.C. y el siglo I, me encontré queriendo tener una palabra apropiada para expresar algo grande, pero no sólo eso, sino algo excitante y más que eso, el clímax de una pasión, furor con gran vehemencia; es algo que no se compara con lo agradable, o lo simplemente bello. Es precisamente eso que sobrepasa lo humano, que solo el espíritu comprende; y decidí hablar con mi amigo Longino, profesor de retórica y crítico literario.


En una larga charla coincidimos que muchas veces las ideas tienen una importancia superior a las palabras, o lo que es lo mismo, las palabras se quedan cortas ante la idea que las concibió; entonces es necesario crear arte, un arte que grite sentimiento, buscar nuevas palabras y balbucear con alaridos estrepitosos que, por supuesto, la gente “normal” no entenderá porque están ciegos en sus espíritus. Los ciegos necesitan que las almas grandes, por un eco de su gracia, conviertan la exterioridad en algo, algo que ellos entiendan, ese algo que aún no tiene nombre, porque Longino y yo aún no estamos de acuerdo en la palabra que llevara tan grande carga. Y es que las palabras son capaces de convertirse en algo divino, prueba de eso tenemos en la literatura, y en los poetas está el arte de hacernos entrar en el momento oportuno de la locura ajena, y esto con los soplos de inspiraciones especiales que solo ellos conocen.


La naturaleza tiene en ella esa palabra que estoy buscando, claro que los ciegos superficiales nunca logran percibirlo, es muy sutil ese arte perfecto que esconde cada gota de agua, las hojas del otoño, el cuerpo de una mujer sin operar. Una obra de arte será un éxito en tanto tenga esa sutileza de la naturaleza en ella misma, teniendo al método como fijador de sus propios límites suministrados de un modo especial, concreto en su punto y la práctica dando seguridad al trazo.


Longino me hablaba de cómo eran de pésimo gusto los grandes genios, son más bien peligrosos, se consideran superiores a cualquier disciplina que ellos no hayan impuesto, suponen que no necesitan apoyo y están encasillados a su mero impulso, sólo pisando firme en su “talento nato”, haciéndose ignorantes del verdadero arte; el que debe conmover a los oyentes para elevarlos, el que agrada a todos, el que somete a los observadores con su “no se qué” que los arrastra hasta el mundo imaginario que se ha creado en plena realidad, tan natural que nadie lo verá hasta sentirse dentro de aquello, dentro de sí, en medio de todo y nada.


Ahora lo sé, esto que buscamos es poderoso en serio, es capaz de atraparnos y esto, pienso yo, se debe a que nos mantiene interesados, porque nunca nos lo da en imágenes fijas como la televisión, que ha de mostrarnos todo digerido. Es algo que implica un análisis, es algo profundo que deja en la memoria una huella difícil de borrar, incluso la inconciencia.


-¡Sublime!-


Eso, como las pasiones nobles, de las que escasean y cuando se encuentran son difíciles de reconocer. La grandeza, el espanto, la oposición interna y externa y la complejidad, lo patético, las contrariedades que provoca, tanto físicas como espirituales, la oposición entre la vulnerabilidad y el dominio propio, todo eso y más. La belleza del arte es simplemente sublime.



Magdalena Jannet Hernández Popoca

5º semestre, grupo B

Específico de Música

8 de noviembre de 2010




ENSAYO DE LO SUBLIME


Y como si la confusión que provoca dilucidar el concepto de “lo bello” fuera poco, descubrimos que hay algo más allá. La belleza es quizá sólo es un estado embrionario de un “algo más” cognoscible. Algo que de tan feo es estético... Un lugar donde los cánones se desvisten, la simetría y el orden sufren una metamorfosis y se desfiguran, donde los colores gritan y las palabras callan… un lugar donde lo asqueroso y lo perfecto se fusionan para elevar el espíritu a sus máximos alcances.


Patético. Clamor. Excitante. Frenesí. Furor. Clímax.


Hablo de lo sublime.


Ya no se trata de entender y jerarquizar la realidad como “bella” o “fea”, se trata de experimentar abismalmente esa realidad; hacerla extendible más allá de su forma, hacerla explotar para que rebase los límites espaciales y se fugue a manera de ideas hacia el infinito.


No es entender el paisaje mimético de una obra de arte, es llegar a su punto más ínfimo y ulterior, detonante no de una catarsis didáctica, más bien de una catarsis que libere la experiencia vital y profunda del artista que la creó y se traduzca de manera personal en el espectador.


La percepción sensorial es un peldaño solamente. Lo sublime rebasa lo que los sentidos perciben. El oído y la vista no sólo comunican al encéfalo lo que detectan, ahora constituyen un complejo percepción-emoción-idea-razón. El punto cumbre se encuentra en lo invisible pero palpable. Y sí, efectivamente es paradójico. Invisible porque no se nos insinúa a primera vista y palpable porque a pesar de esto: ahí está.


Lo sublime no es bello, ni lo bello es sublime. En cada concepto habitan distintas dimensiones. Lo bello impacta al gusto y a los sentidos, educados quizá bajo cierta ideología y una concepción de belleza influenciada por aspectos culturales, espaciales y temporales. Lo sublime, en cambio, rebasa lo corpóreo: el espacio y el tiempo se condensan en la idea, que es llevada al éxtasis a través del éxtasis mismo.


Lo sublime es un grado más allá de la belleza, comprendido aún dentro de la acción estética.


Esto es algo que hay que entender para romper con el entendimiento común del arte y, en particular, del arte contemporáneo donde los artistas tornan la mirada hacia figuras deformadas o muy formadas, que de tan patéticas se esfuman; pierden su cualidad de “figura” y se deshacen de la forma para dar espacio a que el vacío, el color, el objeto, hablen por sí mismos.



Y pensar que he estado repetidas veces frente a lo sublime sin hacerme consciente de ello.


Leer a grandes rasgos la concepción longiniana de la estética, ha hecho más diáfana mi concepción de arte. Antes de ayer, cuando veía las obras de Mark Rothko, Yves Klein, Jackson Pollock, sabía que estaba frente a una muestra artística, pero no lograba identificar ese “algo”, esa cualidad que me hacía catalogar sus obras como valiosas en el campo estético.


Y con poco que creo entender, creo entenderlo todo. En los tres pintores veo la sublimidad.


En Rothko y Klein, el color sublime no sólo se libera, estalla y nos empapa, nos involucra dentro de su musicalidad, nosotros formamos incluso parte de la pintura, una pintura donde el cuadro se ve pequeño y a penas necesario para reflejar la inmensidad de la idea ahí contenida. ¿Qué idea? La que cada quien experimente.


El color ya no es un color conocido. Los rojos de Rothko o los azules de Klein se convierten en únicos: son colores nuevos y significan por sí mismos, no necesitan nada más para hacer visible su valor.


Con Pollock, sucede algo similar. La conexión artista-espectador-pintura es tan íntima, que no se dónde acaba el trabajo del pintor y dónde empieza el del espectador. Veo dentro de todo ese bombardeo agresivo y sutil de líneas, la más íntima idea interpretativa de mi inconsciente, veo manzanas flotado dentro de un denso bosque, veo seres mitológicos, un ojo penetrado por una daga, árboles muertos, incluso mi nombre está escrito ahí.. Yo soy el pincel de Pollock, la obra deja de ser de él y se convierte mía, se convierte en mí misma.


He ahí el arte discreto al que hace alusión Longino, ese que “subyace sin que se note” porque no es reflejo ni imitación de la naturaleza, es parte de la naturaleza misma. Desde ese punto de vista, la infinidad del universo, la pasión más desenfrenada y la pintura “Number 3” de Jackson, comparten categoría dentro de los sublime.


Me gusta la estética de Longino precisamente por eso. Porque no sólo reconoce que lo sublime es algo asequible por el hombre, sino que además, reconoce que el hombre puede ser proveedor de lo sublime y su sublimidad es equiparable con la sublimidad del universo.


Inclusive, muy al estilo receta de cocina, da una serie de requisitos que deben tener una obra literaria y su autor para poder alcanzar la sublimad mencionando, en primera instancia, la capacidad para concebir ideas elevadas, posteriormente la fuerte emocionalidad, seguida de las figuras de pensamiento y del lenguaje, la nobleza en la dicción y finalmente, el orden de las palabras.


Pero… ¿Quién será capaz de cumplir y llevar acabo con sublimidad esos cinco puntos que señala Longino?



Cuando tu casa se derrumbe, tu pareja se suicide,

tus padres mueran súbitamente, te caiga un piano encima

y para colmo te orine un perro;

ve a casa, pinta, baila, haz música, escribe…

Seguro serás un buen artista.

Chascarrillo de los “Teatreros” (5º A) respecto a la

pregunta ¿Qué se necesita para ser un buen artista?...



“Nada hay tan sublime como una pasión noble, en el momento oportuno, que respira entusiasmo como consecuencia de una locura y una inspiración especiales y que convierte a las palabras en algo divino.”


Así es. Los sublime se alcanza a través de lo sublime: de la experiencia que rebasa límites, que enloquece, de la experiencia extrema que se rebasa así misma y se convierte en algo… en arte, quizá. Una vida patética te puede llevar a realizar acciones patéticas, sublimes.


Más, más y más: todo es llevado al éxtasis para que éste despierte más éxtasis en una cadena ininterrumpida, para que conmueva con su fuerza, para que incite a lo patético… para que revolucione la idea.


Fuentes de información: Apuntes de la clase.




Ana Karla Torres Gómez

5º semestre, grupo A

Específico de Teatro


domingo, 19 de diciembre de 2010

LA ESTÉTICA DE PLATÓN



LA ESTÉTICA DE PLATÓN


Es difícil describir el objeto central de la estética platónica sin caer en la simplicidad a la que mis precarios conocimientos me limitan.

De entrada, debo hacer la un tanto agresiva aseveración de que no creo que exista una belleza absoluta y, por tanto, tampoco creo que exista una concepción absoluta de lo que es belleza. Considero en cambio, que sí existen una serie de condicionantes y variables que impactan en la percepción humana de tal modo que su reacción ante la llamada realidad lo llevan a catalogar las cosas como bellas o no bellas.

En el Hipias Mayor, Platón narra la discusión entre Hipias y Sócrates acerca de lo que es bello y por qué. En uno de los planteamientos se concibe la existencia de la belleza en las cosas respecto a su utilidad: “Lo bello es lo útil, lo que sirve para realizar cualquier acción”. Siguiendo un razonamiento un tanto prevenido por cualquiera, Platón refuta esta opinión porque es bien sabido que no todo lo que se emplea para hacer algo es bello debido a que con la característica de “utilidad” de las cosas se pueden ejecutar tanto acciones malas como buenas y, por antonomasia, se sabe que la belleza no puede ser vehículo de lo malo o dañino del hombre.

Estoy de acuerdo en la suposición de que lo bello es un concepto diferente a lo útil; Independientemente de que se sea ciego podemos tener unos ojos hermosos, es decir, el hecho de que éstos no me sean útiles no le resta cualidad a su color o a su forma. Sin embargo no estoy de acuerdo con la idea platónica de que lo que se emplee con fines malos sea por ende feo; puedo comprar una pipa para fumar marihuana, la acción de fumar no es bella por el hecho de ser destructiva al dañar mi cuerpo y mi psique, pero eso no resta que la pipa pueda ser un trabajo artesanal sumamente valioso con características bellas.

Entonces estamos ante la premisa de que la belleza existe en diversos planos; el de la belleza física y la belleza de lo no físico: la pipa corpóreamente puede ser bella y la acción que ejecuta puede no serlo.

También se habla en Hipias que le belleza es aquello encargado de deleitarnos: de causar placer principalmente mediante los oídos y la vista. Con esto no caemos más que en meras sujeciones: lo bello sería sumamente subjetivo debido a que lo que me causa placer a mí puede no causárselo a otro sin considerar que, al mismo tiempo, lo que me puede deleitar puede ser la acción más ruin y abominable siendo la finalidad de la acción algo no bello. Y aún suponiendo que encontráramos un común denominador de algo placentero que además acarreara cierta virtud o no restara virtud al espíritu, habría que resolver la incógnita de ¿Cuál o qué elemento es la quintaesencia de ese común denominador que es capaz de proyectar belleza?

Platón asimismo se apegaba un tanto a la idea pitagórica de la noción de belleza forjada con base en la medida y la proporción, considerando que la armonía y el orden conducían al bien y hacían un paralelismo con la belleza (Con esta enunciación de lo bello ¿Qué pensaría Platón acerca de la obra de Jackson Pollock?). La matemática aplicada a la estética es una teoría bastante aceptada; se ha dicho y comprobado que, por lo menos en el plano físico, entre más simétrico sea algo y matemáticamente se acerque al llamado “numero de oro” de la proporción áurea, más bello es. Pero la incógnita sigue siendo la misma, en caso de que la belleza se consiga con proporciones y un número la favorezca ¿Cuál es la naturaleza de ese número? ¿En qué radica que la matemática posea el espíritu de la belleza?

Platón nos dice tener una respuesta.

Después de marcar el plano físico de la belleza y el plano de la belleza de las almas a través de la virtud, propone un tercer estado de la belleza, madre de las anteriores dos: la belleza inmóvil. Las primeras son aparentes a los mortales y van relacionados con lo sensible, la tercera en cambio, es un concepto universal, inmutable y perpetuo que habita en el mundo de las ideas. El común denominador de belleza del que hablaba párrafos antes, los objetos que se perciben como bellos, la misma matemática y su simetría, están regidos por un “algo” absoluto y supremo que concede parte de su carácter a los objetos.

Mi interés respecto a los postulados platónicos de la estética se origina primordialmente en este punto.

Para Platón “lo bello” reside en algo inasequible de la cual el mundo sensible es una mera aproximación: todo lo que percibimos (las mujeres y hombres hermosos, las pinturas bellas, las obras más impresionantes de arquitectura, los más hondos poemas, los más impresionantes paisajes naturales) son reflejo de ese “algo” absoluto e invisible. Podemos observar un as de luz de lo bello, pero la belleza en sí no se fisicaliza: sólo trasciende a nivel del espíritu.

Plantear la belleza literalmente como un elemento casi místico, proveedor de belleza al mundo, es algo que está fuera de mi alcance; yo no puedo comprobar y mi razón aún no alcanza para aterrizar la idea de que existe una belleza absoluta y suprasensible, ni que la belleza de un lago, un cuadro o de una persona, tienen su origen en una fuente superior de belleza que apenas y se deja entrever para los mortales.

Sin embargo al igual que Platón, sí creo que la belleza vive por, en y mediante las ideas. Es más: me atrevo a decir que la belleza no existe como tal, todo objeto es neutro; su adjetivo cualitativo de bello o feo radica en un ideal forjado ideológicamente por la cultura. Es así como ese dispositivo transmisor de belleza del que habla Platón yo lo llamaría, en un plano más tangible, con el nombre “cultura”.

Haciendo una breve revisión de la historia de la humanidad, es claro cómo cada sociedad en cada época ha tenido una peculiar forma de percibir, interpretar y clasificar estímulos de la llamada realidad, por esto las estéticas griega, maya, china, medieval y contemporánea, difieren entre sí.

El concepto de lo bello varía según nuestras creencias, experiencias, tradiciones y evoluciona con nuestra cultura.

Es así como la estética vive en la ideología; lo que determinado grupo de personas considere bello dependerá de sus creencias, de sus convicciones. Y como todas las convicciones de tan convencidas que están de sí mismas se vuelven “verdades” tenemos entonces que para los Mayas las deformaciones en la cabeza son lo más bello mientras para los griegos clásicos lo es los rostros ovalados con mentón afilado.

En definitiva creo que la belleza y nuestra reacción ante ella es una combinación de aspectos culturales y cerebrales. La cultura y las experiencias que nos proporciona esta cultura, nos dicen qué es bello o qué entra dentro del margen de lo bello, nuestro cerebro lo registra, lo asociamos con la realidad y nos produce cierto placer e incluso despierta deseo.

Y en el deseo yo encuentro el meollo del asunto.

Platón dice que el inicio del ascenso hacia la belleza en su estado máximo, suprasensible y absoluto está a partir de la belleza visible, de la admiración de los cuerpos bellos para luego ascender al nivel espiritual y finalmente apreciar la belleza suprema en sí. El primer peldaño para lograr la ascensión -dice Platón- es el amor que, citando textualmente mis apuntes, “siempre es deseo, deseo de la belleza y de la eternidad por la procreación”.

Para Platón, el deseo forma parte del proceso para alcanzar la estética máxima, sin embargo, yo creo más que un vehículo para alcanzarlo, en sí mismo el concepto de belleza se funda o tiene una de sus bases en deseo.

O ¿Acaso será una casualidad que regularmente la belleza es o simboliza lo más difícil de conseguir, lo que no cualquiera posee y por tanto lo más deseable por imposible? En la china antigua por ejemplo, la gordura era un seña de riqueza y, casi por ende, de belleza. Actualmente, en el mundo globalizado y de la mercadotecnia, nos inyectan el ideal de cuerpos esqueléticos que prácticamente son una quimera televisiva y que despiertan tal deseo que industrias fabricantes de falsedades se enriquecen vendiendo la posibilidad de alcanzar una utopía. Pero la cuestión del deseo no sólo es aplicable a los cuerpos, el oro por ejemplo, es un metal difícil de extraer y encontrar, como tal se convierte en un elemento valioso cuya posesión es reservada a determinadas personas y casi consecuente a esto es considerado “bello”. Lo mismo pasa en sentido contrario, en cuanto los objetos se vuelven de fácil adquisición, ordinarios, del vulgo, dejan de ser deseados y la apreciación que lo consideraba “bello” se ve reducida.

Pero Platón no considera el amor (junto con el deseo que éste despierta) como el único escalón para alcanzar la belleza máxima. También dice que hay otro nivel en el que el hombre podrá darse cuenta de que existen más cuerpos y podrá entonces desprenderse emocionalmente, sensitivamente, de aquél único cuerpo de amor primero y sabrá que es más valioso amar a quien tiene un alma bella que un cuerpo bello, lo material carece ya entonces de una valoración “estética” en ese plano para después saltar a otro nivel y encontrase con la belleza del conocimiento, plataforma para acercar el alma a la belleza absoluta e ininteligible a través de los sentidos.

Y se llega al éxtasis.

Así como dije que coincido con la idea platónica de que la bellaza se gesta y vive en el mundo de las ideas, también considero que existe una belleza máxima que si bien no es proveedora de virtud estética universal, por su naturaleza rebasa a la belleza basada en lo que se desea terrenalmente.

Pero dentro de todo esto ¿El arte, dónde queda? Lo pregunto porque un término muy ligado a la belleza es el de arte e incluso no sorprende que muchas veces se comprendan como un mismo concepto.

Para Platón, la producción artística al ser sensitiva está ligada a lo mundano, a lo visible. Plantea además que el arte es una imitación del mundo sensible (que de por sí, dice, ya es una imitación) y como tal, es un conjunto de signos aparenciales que puede prestarse a despertar confusión, siendo entonces una fuente de engaño e irracionalidad. Menciona además que como toda imitación se distancia de la realidad, al arte tiene el carácter de falsedad y por tanto resulta ser un peligro para el Estado ya que tienden a modificar ideales y formas de pensar.

Cabe aclarar que Platón no era promotor de una movimiento contra el arte, simplemente consideraba peligroso porque podía una mimesis causar una inestabilidad al espíritu del hombre.

Personalmente me fascina esta concepción platónica.

Para los que no creen que el arte tenga una función social, tal vez Platón con esta conceptualización pueda proporcionar una idea de su ocupación vital: El arte despierta, cambia formas de pensar, revoluciona. Por eso es que actualmente es tan restringida y controlada: porque incita al pensar. Sin embargo a diferencia de Platón yo no creo que el arte al ser una “imitación” sea fuente de irracionalidad: no, todo lo contrario. El arte, en primera instancia no es en sí una imitación, es un reflejo. No es que el arte quiera reflejar la realidad, es que la realidad se refleja en el arte. El arte es la realidad que se nos presenta de manera digerida para poder analizarnos, entendernos, saber qué está pasando con nuestra sociedad, criticarla, cambiarla… El arte para mí es un escalón para llegar a la belleza en su más pura expresión: la belleza del alma, de la humanidad.



Ana Karla Torres Gómez



Fuentes de información

http://vereda.ula.ve/historia-del-arte/minimal-base/

http://plesiologos.blogspot.com/2007/10/el-amor-en-el-banquete-de-platn.html

sábado, 2 de octubre de 2010